Me pregunto cuantas de nuestros niñas y niños tienen un personaje en la gran pantalla que les fascina. El cine nos invita, sobre todo en las edades más tempranas, a tener una figura icónica a la que admirar, un arquetipo al que imitar. En los años 60 las niñas de mi generación venerábamos a Marisol, que siguió por la televisión, siendo referente hasta para nuestras hijas.
Es verdad que ahora los niños -y también los adultos- tienen a su alcance muchas películas; en la mayoría de los hogares hay plataformas que amplían la oferta de los canales gratuitos. Por lo que ver cine en casa es fácil, inmediato y cómodo…pero ir al cine es otra cosa. ¿Cómo vamos a disfrutar igual una peli en casa, rodeados de ruidos, conversaciones, móviles, visitas al baño o a la nevera? ¿Cómo podemos vivir la misma emoción si la imagen surge del mismo aparato en el que momentos antes hemos visto deportes, noticias, concursos y nos han bombardeado a publicidad?
El ir al cine es, de verdad, otra cosa. Es algo proactivo. El preámbulo que supone esperar la película elegida, anunciada días antes, es de alguna forma, alentar el deseo de acceder a algo extraordinario. Para mí, es todo un ritual que empieza al salir de casa con ese propósito, quedar con alguien, comprar la entrada, elegir la butaca, silenciar el móvil, acomodarme, hasta perderme en el silencio y la oscuridad de la sala dejándome llevar, integrándome en la trama. Y al final de la proyección, a veces ya con los créditos, retornar a mi realidad, sintiendo que llevo algo conmigo que antes no tenía. Una nueva historia para recordar, comentar…o no, asimilar, revivir, y a veces ¿por qué no? también criticar.
Cuando ando por el paseo y veo a los grupos de adolescentes paseando, o merendando en la pizzería, o en el puerto empezando a fumar oyendo música, pienso en lo mucho que ampliará su opción de ocio ir a ver juntos una buena película. El ir al cine, supondrá además para ellos y ellas, un buen hábito. En esa edad en la que probablemente empiezan a coquetear tímidamente con algunas adicciones, yo apuesto por invitarles a una adicción positiva, el buen cine.
El patio de butacas nos une, nos sitúa a todos en la misma categoría, una vez se apagan las luces de la sala todos somos iguales, no importa tu procedencia, el trabajo que desempeñas, la ideología que defiendes o la fe que profesas. Todos nos mantenemos expectantes a lo que la gran pantalla nos cuenta, y esa proximidad acogedora, en este momento en que la polarización social crece, es un valor añadido.
Estoy escribiendo en una tarde lluviosa de marzo y no puedo imaginarme un plan mejor para hoy que ir al cine. Con amigos, en familia, en pareja, o incluso sola.
Quedamos en el JJ?
Pilar Carreras (PLATAFORMA PER LA REOBERTURA DEL CINEMA J.J.)






















